Ahí vas paloma, por Consuelo Araujo Noguera

23 diciembre 2013 admin Historias

 

Consuelo Araujo – Foto: elpilon.com

 

Cuando estábamos hasta la coronilla y a punto de asfixiarnos bajo las toneladas de basura que con el nombre de vallenatos nos han caído encima, José Alfonso el Chiche Maestre se nos vino con todo un señor canto. Un canto con toda la hondura del sentimiento y la fuerza de su alma, que en la voz formidable de Poncho Zuleta y el acordeón de Emilianito logró que se nos volviera a erizar la piel y nos hizo poner de pies para escucharlo como se escuchan los buenos vallenatos: en silencio, con emoción y respeto. De paso, puso las cosas en su puesto y prendió una luz que ha clarificado el panorama de la música vallenata oscurecido poco a poco por el vaho de tanta basura en descomposición

La canción en ritmo de paseo y un melancólico tono de lamento cuyo nombre es Ahí vas paloma, cayó como aguacero en tierra seca entre los amantes y defensores de nuestra música, que no nos habíamos resignado a que el vallenato comercial o lo que con ese apelativo se está grabando ahora continuara llevándose por delante y arrumazando la herencia musical de Abraham Maestre, de José León Carrillo, de Cristóbal Antonio Lúquez y de aquellos primeros trovadores ambulantes como Agustín Montero y Francisco Moscote que desde antes de que comenzara este siglo y a fuerza de ponerles melodías a sus sentimientos y de narrar musicalmente el diario acontecer, fueron llenando de poesía los caminos de herradura de la vieja Provincia de Valledupar y de Padilla.

Y lo hicieron, sin proponérselo y casi que sin darse cuenta, con la sola virtud de sus talentos y sin otros medios que sus voces y sus acordeones. Eran otros tiempos, claro. Pero los que continuaron el camino en épocas y ámbitos posteriores no equivocaron el rumbo ni le dieron ese viraje de 180 grados que, de un tiempo a esta parte, alguien se atrevió a darle a la música vallenata para convertirla en una fábrica. Ignorando que la generación de los Zequeira y de Chico Sarmiento y Fruto Peñaranda y Luisito Pitre y Fortunato Fernández; y más tarde los López y Chico Bolaños y Eusebio Ayala y Juan Muñoz y Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales; y después Luis Enrique Martínez y Tobías Pumarejo y Rafael Escalona y Leandro Díaz y Gustavo Gutiérrez cada uno con su estilo propio y con su propio acento demostraron hasta la saciedad, sin que nadie pueda probar lo contrario, que el vallenato de verdad no se hace. No se fabrica. No se elabora. Ni siquiera, digo yo, se piensa o se diseña.

El simplemente nace. Nace con fuerza como cualquier muchachito entre sollozos y pataleos después de que lo engendra el sentimiento y lo pare la inspiración. O, en contrario, no hay ni inspiración ni sentimiento que lo engendre y nunca nace. Así de sencillo. Lo otro son los vallenatos de probeta, de laboratorio o, peor, abortos de vallenatos. Y cuando lo primero se da, casi que ni es necesario que una disquera haga la inversión para que el canto se difunda y pegue (como dicen ahora) porque grabado o sin grabar, con publicidad o sin ella, él echa a andar solito, se abre paso y deja huella.

Lo que sigue es la consagración entre el público, ese juez implacable, que sin que nadie se lo haya enseñado jamás tiene la sabiduría innata para entender y diferenciar bien qué es lo bueno, qué es lo malo y qué definitivamente no sirve dentro de este género musical.

Por eso, nada menos, es por lo que La gota fría sigue dejando fríos a quienes la escuchan por primera vez después de más de medio siglo de haber salido del magín del viejo Mile; por eso El testamento de Escalona no se agota así vaya a tener cincuenta años de haberlo firmado y repartido ; por eso a Carmen Bracho y a Juana Bautista y a Matilde Helina las identifica cualquiera por sus solas melodías y por eso, en fin, es que Ahí vas paloma se metió con fuerza y se va a quedar; que nadie lo dude: se quedó ya en la lista de los clásicos del vallenato que se tendrá que citar cuando se hable de los mismos.

De dónde la herencia…

El autor, más conocido por el sobrenombre de el Chiche Maestre, es un muchacho de alma limpia y buena, profundamente sentimental y romántico de 30 años recién cumplidos; de los Maestre de Patillal, descendientes del viejo Abraham, aquel que en vísperas de una fiesta de Corpus Christi en la población de Atánquez se enfrentó con Cristóbal Lúquez con quien mantenía un antiguo reconcomio por la primacía en el arte del verso.

Transmisores de la tradición oral, ya muertos, que por boca de sus abuelos conocieron de ese duelo ocurrido muchas décadas antes del de Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales, cuentan que se acabaron las vísperas y llegó el día y pasó este y el siguiente y el otro y otro y todavía un semana más tarde, agotados los alambiques de la región y entumecidas las manos del único cajero que había en varios kilómetros a la redonda, Abraham y Cristóbal seguían en su ley: frente con frente como dos toros, midiendo fuerzas a punta de rimas y melodías.

Infortunadamente de ese que debió ser un suceso memorable a duras penas quedaron cuartetas que, según nos refirió el inolvidable don José María Chemita Carrillo (q.e.p.d.), intercambiaron al rompe los dos juglares una vez se tropezaron. La iniciativa la tomó Abraham que abrió su acordeón y a modo de reto espetó estos versos: En Patillal me avisaron allá en Patillal yo supe que me estabas esperando aquí estoy Cristóbal Lúquez.

Cristóbal respondió enseguida con estudiada displicencia: El pueblo no tiene puertas las puertas no tienen llaves ni me va ni me interesa ni el que llega ni el que sale. (…) Quién ganó en aquel entonces, no se sabe. Lo que es seguro es que hasta del perdedor, si es que lo hubo, salió gananciosa la música vallenata que también en las decepciones y derrotas de sus troveros ha tenido y tiene una inagotable fuente de inspiración. Que lo diga si no ese exquisito compositor que es el Chiche Maestre, que silenciado desde hacía ratos bajo la mordaza de una domesticidad artificiosa, tuvo que desangrarse en el pozo sin fondo de un terrible desencanto para que de los recovecos de su alma salieran, con asombroso grafismo, esos versos como navajas y esa melodía-lamento de Ahí vas paloma.

Que lo afirme o que lo niegue este muchacho patillalero, bonachón y sensitivo que cuando no aguantó más la presión que le impedía respirar y sonreír y cantar, se sacudió el garabato que lo tenía subyugado, se llenó de coraje y más que un canto pintó un retrato. Un retrato perfecto de alguien que se conoce hasta los tuétanos y cuya pintura duele, pero a la vez libera.

Espacio entre los grandes. Desde cuando apareció su primera canción, si mal no estoy por allá por 1988, José Alfonso Maestre dejó bien en claro que aunque era notoria la influencia de Gustavo Gutiérrez, de Freddy Molina y Octavio Daza en el corte romántico-narrativo de sus canciones, en las mismas había elementos nuevos muy íntimos, acentos muy personales y una forma diferente de decir cosas hermosas sin cursilería ni melodramas, en que las metáforas van fluyendo serenas y con una gran fuerza expresiva que es la característica más destacada de su obra musical. Obra que, pese a la juventud del autor, se acerca al medio centenar de canciones en las que, desde lejos, se les nota que no ha habido diccionario, ni novelitas rosas ni libros de poemas de por medio para fusilar versos, argumentos y pensamientos ajenos y adaptarlos a las estrofas como propios. Costumbre esta que entre las tantas malas que han puesto de moda los neocompositores del vallenato, es una de las más chocantes y abusivas.

Así, con su propia carga de sensaciones y sin andar como las urracas escamoteando abalorios de otros, el Chiche Maestre nos fue acostumbrando al deleite de un vallenato nuevo pero bello, con acentuada tonalidad romántica que, no obstante el lenguaje moderno y citadino que emplea, no disuena dentro de las voces clásicas que forman el vallenato auténtico.

Lo suyo es el amor y el goce y el dolor que este proporciona. La búsqueda constante de la compañera ideal y la reafirmación de los valores del espíritu que nunca pasan de moda: la tierra, los amigos, los recuerdos de la infancia, el pueblo donde la vida parece que se hubiera detenido. A eso le ha cantado con versos que reflejan los mismos sentimientos que todos alguna vez hemos sentido y con estrofas y melodías bien concebidas y unos tiempos musicales muy bien manejados.

Todo esto y lo que aún tiene para volcar fuera de sí es lo que le ha permitido ganarse un espacio propio dentro del escenario de los buenos autores del vallenato. Los demás, los que hoy suenan y ya mañana nadie los recuerda, se quedan como diría Jaime Molina a la vera del camino sin llegar jamás. Y en este canto Ahí vas paloma, Maestre lo confirma con esas estrofas que, como un pincel, van dibujando entre claroscuros de su propia vida a la paloma que levanta el vuelo y se va a dañarle el camino a otra gente, buscando rumbo, otro pecho, otro amor, otra herida… y a la que no tiene necesidad de llamar por su nombre porque con la descripción basta.

Regocijo por el regreso. Ha habido, pues, un corrientazo de emoción y de alegría con el regreso del Chiche Maestre. Ya era tiempo. Era justo y el vallenato lo estaba necesitando; porque en medio de las toneladas de basura que amenazaban asfixiarnos con los santos cachones, los chacunchás, las todoterrenos, los menéalos de aquí pa llá y de allá pa cá y los polvos que se les van a echar a las hormigas, mientras se piensa en las dueñas de la casa donde andan las hormigas, etc., este muchacho se puso de pies y lanzó su grito para notificar: Vuelve el canto de un autor que intentaba ser feliz pa olvidar la que marchó y volver a sonreír.

Y somos muchos los que, escuchándolo, volvimos a sentir el mismo estremecimiento que aprieta las tripas y eriza los pelos; la misma respetuosa emoción que nos produjo Fantasía, la maravillosa canción de Rosendo Romero que en la voz de Diomedes Díaz (el Diomedes de antes, quiero decir) y el acordeón de Colacho, dejó una marca profunda dentro del vallenato romántico y se metió solita en el grupo de las grandes canciones vallenatas de todos los tiempos.

Y que Maestre me perdone, pero digo lo que muchos estamos pensando: benditas sean las noches tristes de sus expectativas y sus desvelos en el nido que se rompió y la dura experiencia vivida con ese huracán de sentimientos al que quiso creerle todas sus mentiras… si de todo eso nació este canto hermoso que entra a la lista de los antológicos en la música vallenata.

Todo eso es nada y nada de eso importa si el corazón sigue latiendo. O como decían los abuelos: no hay aguacero que no escampe ni creciente que no baje. Y lo verdaderamente importante es que así ahora ande todavía zarambeco y sienta por dentro ese ansioso faracateo que lo pone a uno a andar como perro con gusanera cuando el corazón está maltrecho, José Alfonso el Chiche Maestre seguirá pariendo canciones hermosas, como esta que enriquecen la música vallenata tan descaecida en estos momentos.

No en vano él es un legítimo heredero del noble viejo Abraham Maestre, aquel que así perdiera en un enfrentamiento con Cristóbal Lúquez en Atánquez, a la semana siguiente ya estaba listo para medirse con José León Carrillo o con Agustín Montero en Patillal. Y triunfante o derrotado, triste o alegre, seguía campante bajo la luna o bajo el sol tocando su acordeón, cantando, verseando y dejando una estela de poesía elemental, costumbrista, romántica pero poesía al fin y al cabo por los viejos caminos de herraduras de la provincia de Valledupar y de Padilla.

Por: Consuelo Araujo Noguera

9 de febrero de 1997

Diario El Tiempo

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Audios

Ahí vas paloma – Jose A. Maestre & Cesar Valbuena – Diez años [2000]

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Ahí vas paloma – Los Hermanos Zuleta – Siempre vallenato [1996]

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Ahí vas paloma, Consuelo Araujo Noguera,


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